Auguste Rodin (1840-1917) fue el precursor de una nueva manera de entender la escultura, que a lo largo del siglo XX se extenderá a través de la obra de sus colaboradores y de sus discípulos. Esta exposición propone un recorrido por su obra, desde los primeros trabajos hasta la plena madurez, y presenta a Rodin como un renovador que ejerció su influencia en muchas direcciones, tanto hacia el regreso al clasicismo como hacia la búsqueda del sentimiento y la expresión, más allá de la simple representación de la figura humana. En palabras del escultor ruso Ossip Zadkine, "Rodin dio un mazazo contra la muralla que ahogaba la escultura. Gracias a su obra, este antiguo lenguaje de los hombres ha renacido, vive y vivirá."
Unos comienzos difíciles
Formado al margen de la enseñanza oficial, Rodin tardó en recibir el reconocimiento de sus contemporáneos. Su arte -basado en el fragmento, el accidente y la acumulación de piezas independientes que se combinan formando grupos- no era visto con buenos ojos por los jurados de los Salones. Una de las obras más conocidas de esta primera época, El hombre de la nariz rota, fue rechazada en el Salon de 1865 porque se trataba de una pieza fragmentaria. Con La edad de bronce, que se presentó en Bruselas y en el Salon de París de 1878, obtuvo uno de sus primeros éxitos. Esta obra fue comparada con las de los grandes maestros del Renacimiento, pero no se salvó de los furiosos ataques de los que acusaban a Rodin de hacer moldes del natural.
Los primeros encargos: La puerta del infierno
En 1880 Rodin recibió el encargo de la Dirección General de Bellas Artes de realizar una obra monumental para el futuro museo de artes decorativas de París. La puerta del infierno, inspirada en La Divina Comedia de Dante, se montó por primera vez en 1884. Rodin siguió trabajando en ella hasta 1890, rehaciendo las piezas en un proceso inacabable de depuración y búsqueda de lo esencial. Algunas de sus esculturas más conocidas, como El pensador, El beso o El hijo pródigo, forman parte de este conjunto. Rodin las elaboraba de manera independiente, para presentarlas luego incluidas en el grupo. No todas las figuras modeladas para La puerta encontraron un lugar en ella; algunas pasaron a formar parte de un inmenso depósito de formas que fue utilizando a lo largo de toda su vida.
En el taller: ayudantes y talladores
El taller de Rodin fue el punto de encuentro para muchos escultores, como Jules Desbois, Madeleine Jouvray o Émile-Antoine Bourdelle. Rodin trataba a estos colaboradores como iguales y no como ayudantes, de manera que el taller era un lugar de intercambio y aprendizaje. Para él, la obra formaba parte de la vida, y siempre era susceptible de transformarse. Por esto aceptaba las sugerencias de los fundidores y los talladores, que a menudo eran escultores excelentes. La relación con Camille Claudel llegó a ser especialmente intensa. Pero, pese a la pasión que sentía por la joven amante, Rodin nunca abandonó a su esposa, Rose Beuret. Camille Claudel parece reprochárselo en su obra La edad madura (1899). En cuanto a su propio trabajo, Rodin empezó a exponer obras de aspecto inacabado, incluso sin firmar, con la voluntad de poner de manifiesto el poder sugestivo de las formas.
Monumentos públicos
Rodin introdujo una nueva concepción del monumento público, hasta entonces anclada en presentar el retrato del personaje homenajeado rodeado de figuras alegóricas. Entre 1884 y 1889 realizó Los burgueses de Calais, en el que situó seis figuras en un plano de igualdad, al estilo de los retratos corporativos de la pintura holandesa. En el monumento a Balzac representó una sola figura, que fue depurando de modo que toda la atención del espectador se concentra en el rostro. En este caso, una vez más, la audacia de Rodin provocó el escándalo. Diez años después, en 1908, Rodin realizó el monumento a Whistler, en el que sustituyó la figura del artista por una sola representación alegórica.
"Nuestro maestro: Rodin"
A lo largo del siglo XX, la influencia de Rodin no cesa de crecer. Escultores como Aristide Maillol o Lucien Schnegg ven en su trabajo una invitación a recuperar la sinceridad, la claridad y el equilibrio del arte antiguo, y proclaman la necesidad de un nuevo clasicismo. Rodin también es un modelo para los que, como Henri Matisse o Ossip Zadkine, creen en la obra de arte como fuente de emoción, fuerza y expresividad. Al mismo tiempo, presentando fragmentos del cuerpo como esculturas acabadas, abre el camino a los escultores que, después de la Primera Guerra Mundial, buscan en la figura parcial una manera de representar la angustia o el deseo. La figura de El hombre que camina, retomada por Matisse y Giacometti, cierra la exposición como símbolo de la posteridad del arte de Rodin.
Fuente: Fundación La Caixa