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'Por una pintura contemplativa'

Iñaki Lazcoz
Sala de Cultura Juan Bravo. Fundación Caja Navarra. C/ Juan Bravo, 3. Madrid. Del 7 al 31 de Octubre de 2004.









Por una pintura contemplativa...

A propósito de un análisis sobre pintura del siglo XIX, Simón Marchán habla de una forma de „ojo espiritual“ propia del artista romántico, ya que éste no crea copiando modelos de la historia del arte ni de la realidad inmediata. El artista romántico, inspirándose en la naturaleza y a través de su contemplación, hace de la pintura, como ocurre en la poesía, una representación de su universo interior. La experiencia sensible ante la naturaleza, es convertida por el artista en una representación suprasensible, semejante a la obra poética.

Interesante es como la condición de „contemplativo“, esta cualidad poética inherente a cierta pintura, pervive con el paso de tiempo, siendo un camino -raro pero certero- propio de algunos artistas, digamos, aislados entre las muchas escuelas y estilos que componen la historia de la pintura moderna hasta llegar a lo contemporáneo. Contemplativa es la vibrante abstracción de los campos de color en la pintura de Mark Rothko, la presencia de la materia humilde en la pintura de Antoni Tàpies, pero también las inquietantes escenas de interiores narradas por Balthus o las desoladoras escenas urbanas de Edward Hopper. Más tarde, con el uso de otros medios ajenos pero tan próximos a la pintura, las conmovedoras escenas de video de Bill Viola sobre la condición del ser humano y su entorno, o la más hermética pero no menos poética obra de Gary Hill tienen esta cualidad inherente de „contemplativa“.

La obra de todos estos artistas, con lenguajes y medios distintos, es, al fin y al cabo, la visión del Yo que mira el mundo y lo transforma en uno propio, en un territorio individual dentro de la infinitud de perspectivas de percibir la realidad. Y es lo que hace Iñaki Lazkoz en su pintura: reflejar un universo propio, una forma de percibir y entender el mundo. Y lo más interesante es que lo hace a partir de la reproducción de una realidad aparentemente banal y cotidiana: gente, muebles, casas, etc.

En la obra de Iñaki Lazkoz hay una ambigüedad siempre presente: por un lado, los fondos fríos, reposados y distantes. Tonos grises y neutros, semejantes a los cielos cubiertos de invierno. Por otro lado, estos objetos vibrantes, tan llenos de presencias, de historias vividas. Lo distante y ajeno de una primera mirada, va volviéndose familiar, íntimo pero también algo inquietante y perturbador.

Objetos anónimos y triviales como teléfonos o sillas -que pinta con una precisión obsesiva, recreándose en detalles minuciosos- adquieren un halo especial, una presencia fuera del tiempo. Los fondos, estáticos, reflejan un estado de serenidad; lo retratado resalta por la profunda inquietud que inspira.

También están las imágenes de casas. Casas de distintas ciudades: Viena, Nueva York, Pamplona. Casas que son como registros de la memoria; no en vano son casi siempre casas de ciudades donde el artista ha vivido. Imágenes anónimas que él las convierte en propias, totalmente personales. Y el resultado es siempre el mismo: lo banal y anecdótico se convierte en una presencia atemporal, eterna.

Quizás sea ésta la clave para definir la cualidad de lo contemplativo: todo parece adquirir un sentido de atemporalidad, de tiempo que se desvanece. Observar estas pinturas es abandonarse a su representación, a las metáforas que nos suscita, perder el sentido de nuestra realidad para dejarse atrapar por lo contemplado.

No hay duda de que en nuestra realidad contemporánea, en un mundo en el que todo va tan rápido y se acelera el sentido del tiempo, apostar por una pintura contemplativa es todo un reto.


Pia Jardí. Payerbach, Julio 2004




Un momento antes

Poco a poco los jóvenes artistas navarros empiezan a destacar y a ser habituales en las exposiciones de nuestra ciudad. Se van haciendo un hueco y uno de esos vanos lo ocupa Iñaki Lazkoz, un pintor que cuenta con una sólida formación y un estilo muy particular que caracteriza de una manera muy especial y sugerente sus cuadros.

Lazkoz es una pintura de sentimientos congelados. La gran serenidad que transmite en su obra se combina misteriosamente, con la gran intensidad del objeto representado. Esconde en sus cuadros un momento de tensión. Es la calma que puede preceder una gran tempestad; una gran tempestad humana.

En sus casas aparece medio oculta una vida interior que no vemos claramente pero que sabemos que existe. De alguna forma cumple la petición que Orson Welles hace en Ciudadano Kane, “No trespassing”. Lazkoz nos coloca en la distancia, donde sabemos que algo sucede, pero no sabemos el qué. Constantemente nos hace intuir la vida; no nos la muestra, pero nos encontramos con casas en las que vemos pintadas, desconchados, luz en las ventanas... por ellas ha pasado y pasa la vida de una manera silenciosa.

Son unos cuadros sigilosos. Sin embargo, su callada existencia es muy locuaz. Invitan a un diálogo en el que nosotros tenemos que poner las palabras. Interlocutores silenciosos que invitan a la contemplación. Uno se puede pasar mucho tiempo contemplando su obra, disfrutando de cada momento, de cada detalle.

Es precisamente esa pulcritud en el detalle lo que le lleva a dedicar muchas horas a la pintura y a estudiar lo que va a representar. Da lo mismo que sea una casa, un palacio, un camión, una silla, un teléfono o una vaca. Trata a todos por igual, porque a todos los dota de respeto. El objeto queda así transfigurado en otra realidad oculta dentro de sí mismo, que nos muestra su alma tras la apariencia trivial que el pintor ha eludido.

Es una pintura estudiada. En una entrevista que le hice hace unos años, comentaba que su estilo inicial era más recargado, hasta que descubrió que con el basto fondo neutro, los objetos respiraban y tomaban el protagonismo de la obra. Es tanto el detalle que nos muestra Lazkoz y tanta información codificada la que nos da, que necesitamos espacio para asimilar la contemplación. Es difícil dejar de mirar, no sólo por todo lo que se nos muestra, sino por todo lo que se nos oculta.

Ese aislamiento ensalza el objeto representado. Flotando en la inmensa soledad del fondo, habitante de un mundo que busca su identidad profunda lejos del utilitarismo que los ha instrumentalizado. Se convierte, así, en objeto poético. Y es que su la obra de Iñaki Lazkoz obra es poesía, nostalgia, misterio. Es un momento antes.

Joven es todavía para todo lo que ha conseguido. Su obra empieza poco a poco a obtener el reconocimiento internacional. Se va abriendo camino de una manera verdaderamente admirable. Trabajando y superándose. Le han comparado con Hopper. Igual que él nos muestra la soledad, pero Lazkoz se distancia del artista americano en su tratamiento. La de Hopper parece no tener solución, la de Lazkoz sí. Hopper se introduce más en la vida de las personas, nos las muestra más directamente, se atreve a traspasar la línea de la intimidad. Iñaki Lazkoz no se atrevería a mostrarnos el interior de la habitación de un hotel o el bar de Nighthawks. Lazkoz se quedaría en la distancia. Respetando la intimidad pero mostrándola.

La soledad no desborda sus cuadros, sino que los engrandece. Es una soledad del momento, porque sabemos o tenemos la esperanza de que hay más alrededor.
Su obra excede los bordes del cuadro, por eso no hay marcos. Si los enmarcáramos aislaríamos los cuadros. La soledad se apoderaría de la obra. La casa quedaría cercada. El teléfono nunca sonaría. Morirían de alguna forma porque, precisamente ahí reside la esperanza en su obra: en el hecho de que la obra se funde con el entorno.

Su trabajo es impecable. Lleno de sabiduría y elegancia pinte lo que pinte. Es un ejemplo de una generación que funde una vertiente figurativa con un toque poético, más abstracto, que se encuentra en su obra. Porque el mundo interior, el mundo de sentimientos, los toma y los introduce en los objetos que nos regala para que, como buenos invitados a su obra, vayamos desenvolviendo ese presente y nos encontremos con algo que no nos esperábamos. No sé con exactitud qué es, pero sí sé que me gusta.

Jose Luis Díez Garde






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