STATEMENT # 1 (2005): O LA CONSTRUCCIÓN DE LA RESPONSABILIDAD SENSIBLE
A la luz de prácticas ancestrales, rutinas y acciones, sortilegios y modos, estrategias, convenciones, tramas trascendentales y rituales sutilísimos, los hombres hemos dado pasos hacia nuestra existencia en común. Las instituciones que han encumbrado este magma de maneras de entendernos y de (con)vivir se han depositado siempre bajo la garantía de su ineluctabilidad. Un cruce entre lo mágico y lo normalizador, entre lo racional y lo puramente pasional, que vuelve arrojadizo el «secreto de su factura» (J.D. García Bacca) y nos advierte de que cualquier principio político debe admitir la posibilidad de sus límites, el cifrado exacto de su condición para nosotros. He aquí como la singularidad del poder nos ha ido entregando el sentido de su reflexión como ideología racionalizante, incluso a través de sus tautologías. La mismeidad de las aporías de la metafísica y la economía, la legitimación por la diferencia como disciplina de convencionalidad normalizadora o la rentabilidad de la creatividad marginal; crean sistemas de integración donde lo político y lo social se rozan y generan particulares categorías como el capitalismo, el neoliberalismo o la imagen-mercanía: sortilegios de nuestro imaginario que hechizan nuestras acciones hasta engendrar la autonomía política ideal bajo el mero ensimismamiento del consumidor compulsivo, entre otras veleidades.
Esta tradición que encumbra su legítimo fundamento en la ilusión de su necesidad (¿cómo vivir sin política?) transcurre por la creencia común de una mayoría que persiste en su desconfianza radical en toda utopía que no tenga créditos de interés. Como afirma E. Weil, ³aceptamos el hecho ineluctable del gobierno que gobierna²: nuestra vocación política sólo aspira a acciones cuya máxima sea universalizante, abstracta, superficial. Este es el sentido de la transformación del sujeto moral en ciudadano, así como el origen mismo del Estado: nuestra moralidad política y social no consta más que de su sola intención. Se atiene incluso a su propia prescripción negativa, por que el fin de la civilización, la naturaleza de nuestra cultura y la intención de nuestras acumulaciones (sobre todo económicas) no es otro que el crecimiento indefinido. La elección de la existencia se reduce entonces y sólo entonces a la circunspección de nuestras posibilidades: la definición de los poderes propios en función de los saberes de los objetos y de las reglas específicas, la radicalización de nuestras aporías en tristes fetiches ocasionales que han poblado nuestra historia desde la aristocrática república platónica a la anamorfosis de la democracia neoliberal.
Statement # 1(2005), se atiene, sin embargo, a la inmanencia de la fragilidad de toda esta densidad y subvierte, no con poca ironía, las categorizaciones habituales de la antropología política y las modalidades de esas codificaciones estratégicas que producen los llamados «espacios de resistencia» Hay en esta pieza una voluntad clara por desvelar la argumentación sobre los fines de la dimensión de exterioridad del fundamento social. O dicho de otro modo: hay un cálculo estético y material de nuestra extraña naturaleza colectiva, cierta tentativa de explicación sobre esa feliz (?) coexistencia en equilibrio estable. Esta pieza es una institución en acto de nuestra paradójica condición social y nos obliga a entender, nunca mejor dicho, la política a ras de suelo. Precisamente por ser una desposesión radical de la autoría, una ceremonia de la tolerancia que desborda con creces la percepción de esos límites por los que nos soportamos los unos a los otros. Y es allí, conjurando una dudosa posibilidad misma del Estado, donde Rubén Santiago argucia cierta emboscada que desactiva la reductibilidad de lo político al orden del sentimiento subjetivo, al suministro de tópicos y quejas o a la mera expresión de opiniones o preferencias. La filogenesis de nuestros incómodos residuos, componen para Rubén Santiago al igual que Pareto, el zócalo biológico de nuestra condición política, las tendencias principales de la condición humana. Y en esa inferencia torcida uno verifica como espectador la activación de su propia indignación, se inviste de autoridad. Sin mediaciones. Sin la frialdad de la adminitración difusa. Sin la violencia metafísica de ley alguna.
Statement # 1, no es más que la desneutralización de la fuerza política de la libertad, la constatación doméstica, utilísima y veraz sobre el poder de la creación en la construcción de una responsabilidad civil, pero sensible. Sólo allí, en la retórica de una irónica trivialidad del delito, su distribución hace determinable una territorialidad, un lugar que crece a las afueras de toda prescripción: la ontología-política anisótropa, fractal y escurridiza de todo aquel que gusta de reclamar el «derecho a desdecirse en público» (R. Santiago) Como todos nosotros en la carne de nuestros respectivos escenarios cotidianos, como cualquiera de nosotros en esa cíclica evidencia de comunidad que se esconde en la entretela de nuestras tenues certezas compartidas.
Lois Gutiérrez.
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