La
ECH (Escuela Contemporánea de Humanidades) presenta 'Fast/slow food', una exposición colectiva que muestra las últimas obras de los artistas Irene Aranda, Jaime Repollés, Eugenio Merino, María Burgaz y Arturo Marín.
Opinarte
Vivimos tiempos de atracones culturales, tiempos de miradas guturales. Nuestra atención está saciada por completo y apenas podemos digerir una pequeña tajada de la Sociedad del Espectáculo sin fundir previamente colores y sabores. La modernidad ha consumido el arte en el sentido gastronómico del término, haciendo pasar el empacho de tanto estímulo visual a través del finísimo esófago del nervio óptico. Muchas son las tendencias artísticas que han reaccionado asépticamente y, por qué no decirlo, insípidamente a esta comilona grosera de la cultura popular. Por eso, sólo el gusto Pop y la american way of life se han esmerado en hacer la digestión como es debido, empaquetando todas las viejas alegorías de los cinco sentidos en los establecimientos de comida rápida. Para probar un gusto exquisito en la modernidad es necesario guiarse por la definición daliniana de la belleza: La belleza será comestible o no será.
El arte pop norteamericano más comestible, digno heredero del surrealismo europeo, se extiende desde el fetichismo de las Campbell´s soups de Andy Warhol hasta las Easyfun series de Jeff Koons, pero Eugenio Merino también ha sido capaz de transformar estos fetiches de consumo en un objeto de deseo de la cultura castiza. Su serie de pinturas al óleo sobre los Happy Meal pervierte la baja calidad de estos productos alimenticios gracias a una hiperestesia digna de la más ambiciosa ópera kitsch. Ya sabíamos que algunos fast-food superan medidas de calidad e higiene impensables en nuestros bares de barrio, pero la refinada sabiduría publicitaria de Merino exaspera el reclamo sensorial de hamburguesas, donuts y helados de gran formato hasta un placer irresistible, no falto de cierta profilaxis, donde los brillos salados del queso fundido, el magma dulzón del caramelo y demás experiencias sensuales del paladar son llevados al límite de lo pornográfico. Incluso el obsceno agujero de un donut puede ser para Merino el orificio de una desbordante excreción chocolatera. El símbolo televisivo de esta gula no exenta de erotismo fue, para toda una generación, el Monstruo de las Galletas, quizá por eso los niños son los mayores consumidores de comida rápida, pues retrotraen sin cohibiciones la jornada Mac Donalds al paraíso primitivo de su fase anal. Cuando el sentido del gusto era todavía una pulsión succionadora.
Esta comunicación inmediata de la boca y el ano discurre por una comida que se ingiere y digiere rápidamente, intuición rabelasiana de la propia literatura que yo mismo me he esmerado en desentrañar en los estómagos insaciables de Gargantúa y Pantagruel. Estos gigantescos Monstruos de las Galletas reproducen el ciclo que va desde la lectura apresurada de un libro hasta su inminente defecación en términos de verborrea intelectual, regurgitación pedante y demás escupideros de erudición. Mi tesis es que todo escritor que se precie sufre un fatigoso régimen estomacal entre la bulimia de sentidos y la anorexia de silencios que regula también la dietética del pintor, siempre a caballo del vitalismo dionisiaco de Rubens y el ascetismo pentecostal del Greco. ¿No es ese el quid de la cultura occidental vista desde el misterio de la encarnación cristiana: el proceso mediante el cual una palabra, hecha al fin carne, es despiezada, compartida, digerida, y vomitada por doquier en una suerte de bacanal multinacional de la materia prima de lo sagrado?.
Sin duda los efectos caníbales de esta encarnación eucarística han trastornado decisivamente nuestra forma de sentir. Para probar este inconsciente óptico en la mirada más mediterránea podríamos presentar una suerte de test de Rorschach donde, en vez de proyectar los habituales arquetipos sobre una mancha simétrica de tinta negra, comenzáramos a sentir sabores, olores y texturas, como si la tinta caligráfica regresara al aparato digestivo del calamar. Tal es la experiencia estética de Arturo Marín quien, con un lenguaje visual cercano al diseño gráfico ha logrado extraer de una mancha de pintura la consistencia carnosa y la encarnación visual de todo sentimiento del sur. Las manchas de tinta fotografiadas por Marín se comen con los ojos, pues saben a vino, a sangre y a menstruación, pero también se transforman al ritmo de las gotas de pintura diluida en fantasmagóricas apariciones de células, fetos y matrices. Como si su texto visual regresara a una consistencia gustativa originaria, la serie de los sentimientos del sur involuciona por una suerte de proliferación celular del líquido amniótico, desplegándose en el más breve relato orgánico sobre el milagro de la encarnación.
Este deslizamiento sutil de lo visible a lo comestible es producto de una cultura que ya no reduce las costumbres de consumo a las cuatro paredes del salón comedor. La comida forma parte de un proceso activo de adaptación al medio y completamente sumergido en el ciclo vital de la ciudad. Sólo el consumismo ha logrado integrar las texturas orgánicas, los sabores picantes y el olor desagradable en la vida del paseante urbano. El carro de la compra de María Burgaz es el mejor símbolo de esta velocidad alegórica del bodegón moderno que responde a esta experiencia transitoria de la cultura como consumismo voraz. En cambio, los manjares alegres de Burgaz son un fast food bien temperado de vino tinto y frutas verdes, donde los placeres eventuales de las cafeterías y los restaurantes de los aeropuertos acompañan la mirada caprichosa de la turista; asimismo, en la intimidad del hogar, estas comidas marcan las horas de una cotidianeidad femenina medida por los alimentos, las pausas y los aperitivos. Las pinturas de Burgaz reproducen las horas del día como un collage de canapés y eslóganes caseros tal y como las alegorías del campo desmontaban antaño las horas de la caza, la pesca y la recolección.
Decididamente, la modernidad ha sido un plato indigesto, una comida mal reposada, un ágape sin siesta. Este empacho moderno es el final del camino de la encarnación, un final de ruta necesariamente atropellado. Irene Aranda ha especializado tanto su tesis doctoral como su obra en la estrecha relación entre modernidad y accidente, por eso ha realizado para nosotros una alegoría en movimiento sobre la fruta de la pasión. Aquella primera precipitación de Eva, la primera fast food catada sin pensar demasiado –la primera concesión instintiva al placer- trajo ineluctablemente consigo la primera amenaza de muerte. Aranda ha transmitido aquel prístino deseo devorador al complejo de culpa moderno, que presenta como nueva heroína perversa a una mujer salvaje y temeraria al volante. Junto a la imagen del accidente (y la ruina de un retrovisor descolgado) aparece el símbolo de todo gusto perverso y de toda pintura encarnada: la manzana. Una enorme manzana como aquellas que Cézanne empleó para dar un giro copernicano a la historia del arte, una manzana a medias acariciada y a medias mordida, como si la percepción del cálido impresionismo fuera sesgado repentinamente por la mirada fría del constructivismo, antesala de aquella belleza táctil y comestible que convirtió definitivamente el rojo sanguíneo y el azul venéreo de la manzana en los resplandores sabrosos de la pasión.
Fuente: Jaime Repollés
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