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'Jennifer Steinkamp'

Galería Soledad Lorenzo. Orfila, 5. 28010, Madrid. Del 23 de Marzo al 4 de Mayo de 2006.






Cuerpos Fértiles
Gail Swanlund


Invierno
La aurora boreal se ve mejor en una noche quieta y despejada: mantos erizados de luz pálida se ondulan y brillan, cortinas luminosas caen desde un punto al que la vista no llega. Partículas despedidas por el sol son atrapadas por el camino y arrojadas a los campos magnéticos de la tierra; entonces, al chocar con los gases de la atmósfera, explotan para emitir una luz efervescente. En la tradición popular danesa, se dice que la luz del norte es el reflejo del sol cuando irradia de la parte inferior de las alas de los cisnes. Los cisnes nevados, demasiado orgullosos para parar y descansar, son pillados desprevenidos por las temperaturas cortantes, y aun así, siguen avanzando hacia el norte. Helados y exhaustos, se convierten en hielo sólido bajo el cielo de la noche. Los cisnes baten sus alas laboriosamente para intentar soltarse, creando al hacerlo planos de luz que se rizan y retuercen suavemente: azules brillantes, violetas, verdes, rosas, amarillos.

Primavera
La campanilla de la especie campanula rapunculus, conocida como ruiponce —a Rapunzel le pusieron ese nombre por ella—, es un tallo delgado y rígido cubierto por pelillos blancos y cortos, con flores azules y rojo violáceo de menos de tres centímetros de longitud reunidas en pequeños ramos. Los pétalos brotan como lanzas tiesas rompiendo la cápsula, y el capullo toma la forma de un cáliz peludo. La raíz del ruiponce es saludable, de sabor dulce y acre, y cuando la partes suelta un fluido lechoso. Aunque se come normalmente hervida, a veces la raíz se sirve cruda en ensaladas, con un chorro de vinagre y pimienta negra, revueltos con las hojas de la planta. Se dice que esta flor incita a niños aparentemente dóciles y obedientes a pelearse, y también es famosa porque cuando es arrancada de raíz te lleva a las escaleras de un palacio subterráneo. Pero, sobre todo, es conocida por su asociación con Rapunzel. Durante su embarazo, la madre de Rapunzel imploraba constantemente a su marido que robara los ruiponces del jardín de la bruja de al lado. La bruja pasó por alto estos robos durante un tiempo, pero al final se cansó y les ofreció el acceso ilimitado al jardín a cambio del primer hijo de la pareja. No mucho después, la madre de Rapunzel, llena de lujuria por estas flores, eligió renunciar a su hija a favor de la bruja.

Verano
No es una historia con principio, desarrollo y final, sino más bien un transcurrir de series de momentos, no hay un momento más definido o importante, más humilde o minúsculo que otro, no hay momentos hilvanados en progresión, sino que son perpetuos, siempre y para siempre en movimiento, impulsos, latidos, transformaciones. No existe un final, sólo la perpetuidad. Por supuesto, ello no excluye elaboración, aceleración, diminuendo, blandura, desorientación o anhelo.

Otoño
Según varias conjeturas y relatos, la trenza de Rapunzel, en el punto álgido de la gloriosa escalada de la bruja, habría alcanzado los 75 pies de longitud. De ser así, basándonos en el tamaño de una trenza no excepcional, digamos, de doce a dieciocho pulgadas de longitud y quizás una circunferencia de seis pulgadas, el contorno de su trenza habría medido aproximadamente dieciocho pies. Eso hace una imponente mata de pelo rubio natural. No está clara la manera en que la bruja escalaba la trenza, ya fuera bailando o usando la propia trenza como una cuerda para amarrarse, pero de cualquier modo, habría necesitado una especie de lazo para sujetarse, o tal vez que la propia Rapunzel se abrazara fuertemente para resistir los tirones de cabello de la bruja. Existían otras preocupaciones prácticas aparte del hecho de que la bruja usara su cabello como autopista, lo cual, en el mejor de los casos, le había resultado incómodo y desagradable. Por ejemplo, sólo el ponerse un jersey de cuello alto requería bastante tiempo y esfuerzo para ensartar la trenza por la abertura. Dicho esto, ¿qué más tenía que hacer Rapunzel durante el día además de sentarse a tocar el laúd en la plaza, cosiendo (supuestamente) camisas con botones abiertas por delante, y escribiendo cartas? La mayoría de las tareas le resultaban imposibles debido al enorme volumen y peso de su trenza. No es de extrañar que los músculos de su cuello fueran impresionantes, y aunque la historia nunca hace alusión a esto, el príncipe que aparece en escena a mediados del cuento debió encontrar en éste un lindo rasgo. Encaramada como un pistilo en la cima de la torre, la fragante Rapunzel se rinde —lánguida y no tan desdichadamente—, a las visitas diarias de la bruja. El príncipe, atraído por la noticia del confinamiento de la hirsuta muchacha, llega para estudiar la situación. Locamente enamorado, a toda prisa se convierte en su pretendiente y comienza a efectuar, casi cada día, escaladas a la trenza para llamar la atención de la cautiva creyendo, o haciéndose ilusiones, de que la bruja no se estaba percatando. A su debido tiempo, la bruja cae en la cuenta de estos encuentros clandestinos y corta la trenza de Rapunzel. En una de las visitas programadas, el príncipe descubre que no es la rubia, sino la bruja y, lleno de espanto, se cae de la torre, quedándose ciego debido a los espinos que hay en el camino hacia abajo.

Invierno
El organillo, o vielle a roue, cuya traducción literal sería “zanfonía de rueda”, es un instrumento de cuerda y teclas. Se toca girando una manivela que va pegada a una rueda cubierta de resina. La rueda funciona como un arco sobre las cuerdas y cuando se la gira con fuerza, los temblores del instrumento forman un puente movible llamado chien (o “perro”) que resuena. El perro aloja cuerdas monótonas, y cada una de ellas tiene un sonido quebrado, un tono zumbante, único, ininterrumpido, y el que toca aprieta las teclas para crear una melodía sobre esta nota principal. Acérquense y huelan el perfume de la madera y resina calientes.
Organillo, organillo, organillo nillo nillo, cantó.
-de El organillero, de Donovan

Todos los devotos y entendidos de este instrumento se muestran escépticos o curiosos de si realmente Donovan invoca al verdadero organillo o simplemente a la única melodía que sale del organillero con el mono bailando. Pero: está cantando canciones de amor. Es significativo que Donovan hable de canciones, en plural, lo que tal vez sugiere que invocara de verdad al instrumento de cuerda, uno que requiere para tocarlo una destreza considerable. Los rumores sostienen que Jimmy Page toca el organillo en el estudio de grabación. En la introducción de la película The Song Remains the Same, la cámara sube despacio hasta Jimmy Page y baja de nuevo. Page está sentado con las piernas cruzadas en una lengua de tierra que se adentra en un lago, dándole a un organillo desafinado. El marco le rodea. De repente deja de tocar y se vuelve despacio hacia nosotros. El mundo se oscurece. Los ojos de Page enrojecen y el cielo claro y azul se vuelve violeta.

Primavera
En el género del oeste, las mujeres están repartidas, desde el punto de vista puritano, en dos campos arquetípicos bien diferenciados. Las mujeres “respetables” —amas de casa, maestras cursis y la enfermera ocasional—, se alzan superiores en el campo de las “buenas mujeres”; y las mujeres cuyas vidas se asocian a la taberna de la ciudad, son consideradas “malas”, caídas, perdidas, “manchadas”, o cosas peores. Las mujeres virtuosas, o no se separan, o están al acecho de ese Buen Hombre. Van a la iglesia y son castas, amables, con iniciativa, pero no pueden ocultar su placer en menospreciar a las mujeres de moralidad cuestionable. En distintos grados, cargan con la nobleza honorable esencial para el modelo de Buena Mujer que la película del oeste americana presenta. Las más dulces de ellas desarrollan una tos aparentemente inocua y mueren, a veces rápidamente. Las malas mujeres del género del oeste ¡apartan a codazos! a las mujeres rectas y les roban toda la atención. El arquetipo de la Mala Mujer se presenta en varios modelos: sabelotodo y de-vuelta-de-todo; atormentada pero optimista; o frágil, pero valiente cuando llega el momento de la verdad. Es siempre bella, y a veces exótica. Su atuendo revelador y sus seductoras y agudas respuestas anuncian su patente sexualidad. Es francamente oportunista, pero al final su inevitable corazón de oro es descubierto y su reputación de “chica mala” se desliza hacia el territorio de chica mala pero buena. No es extraño que estas mujeres lleven discretamente un revólver, pero en una demostración desinteresada de su amor por cierto hombre, invariablemente acaban por morir de forma prematura y violenta. Los finales injustos son históricamente acertados, pero es más probable que sea forzada por un jefe borracho, o asesinada por una compañera celosa en una pelea por un hombre. Durante la fiebre del oro en California, cuando los hombres componían el 90 por ciento de la población, las mujeres podían ganarse la vida trabajando en tabernas y ofreciendo sexo, canto, baile, o proporcionando compañía a hombres solitarios. Las chicas de salón eran una especie de trabajadoras de taberna, cuya tarea consistía en seducir y entretener a los clientes con el fin de prolongar su estancia en el bar bebiendo y jugando. Los caballeros pagaban de setenta y cinco centavos hasta un dólar por baile, y las mujeres podían hacer una media de cincuenta bailes en una noche. Incluso después de dividir su paga con el propietario del bar, ganaban más en una noche de lo que la mayoría de los hombres ganaban en un mes. A las mujeres se les pagaba también una parte del precio inflado de las bebidas, que ellas animaban a adquirir a los hombres, incluyendo un trago también para ellas. De previo acuerdo, estos tragos consistían en agua de color o té servidos en vaso de bourbon, pero pese a esta treta, muchas mujeres se entregaban a la bebida. En las películas, la chica de salón a menudo lleva una falda arremangada y debajo enaguas de gasa de colores con detalles barrocos por detrás, muy parecida al cancán parisino. Marilyn Monroe, la chica de salón en The River of No Return, lleva un vestido satinado hasta el tobillo al que le falta la parte de delante, con una tira de tela colgando entre sus piernas. Este trozo de tela funciona como una especie de trozo recatado cuando Marilyn se sienta, muslos en jarras, a tocar su guitarra y a cantar. Linda Darnell, cuando interpreta a la sexy Chihuahua en My Darling Clementine, viste con la clase de atuendo que, cualquiera que haya sido camarera en un restaurante mejicano, conocerá: abultada blusa blanca bordada, la cual, dependiendo del efecto perseguido, puede resbalar por sus hombros, y una falda corta con movimiento swing y vida propia. Chihuahua planta su pie en la mesa de póquer cuando ve por primera vez al Wyatt Earp de Henry Fonda y se mofa de éste con una horripilante canción sobre la pérdida de su ganado, el cual, según sabe, acaba de ser robado por su amante. En Destry Rides Again, Frenchie, interpretada por Marlene Dietrich, regenta cordialmente el salón y, por extensión, toda la ciudad. Fuma, bromea, se pelea con la rabiosa mujer de un cowboy, y embauca a los desventurados ganaderos para que abandonen sus ranchos. Posee un extenso vestuario plumoso y llamativo de sala de fiestas, y material apetitoso para los cotorreos de las mujeres de la ciudad. El resumen de la conocida y rumoreada pistolera hermafrodita Calamity Jane incluye su correspondiente parte como chica de salón. En el criticado musical de Doris Day, Calamity Jane, la andrógena Jane se queda prendada de una chica de salón vestida con un corsé y una falda ligera. Cuando la conoce, se abalanza hacia ella en el vestuario, se aleja boquiabierta de su busto para examinar su sostén sin tirantes y pregunta, ¿Cómo se te sujeta esa cosa? (Jane entonces la lleva a toda prisa a su tosco cuarto de soltero, donde —las dos coinciden— sólo necesita un toque femenino). En realidad, muchas chicas de salón llevaban faldas que rozaban sus tobillos, aunque una postal de la época retrata un traje que exhibe un generoso escote, un sombrero elaborado y un tutú subido hasta las rodillas que se agita por detrás.

Verano
Albert Hofman, el padre del LSD, cumplió cien años en enero. En una entrevista con Craig Smith del New York Times, dice: “Es muy peligroso perder el contacto con la naturaleza”. “Cuando era joven —continúa—, me sentía completamente maravillado por la belleza de la naturaleza… Nuestros ojos sólo ven una pequeña parte de la luz del mundo. Afuera hay energía pura y sustancia incolora. El resto sucede a través del mecanismo de nuestros sentidos”. (Craig Smith, New York Times, 7 de enero de 2006). Con “el mecanismo de nuestros sentidos” en mente, los árboles, con razón, cobran significado: como ciudadanos, tienen conocimiento de sí mismos y encarnan una especie de conciencia. Y es tremendo, maravilloso, observar cómo se estira un árbol, cómo bosteza, cómo sinceramente disfruta de ser un árbol (entretanto, desde el coche, vemos al abatido árbol urbano, a veces con sus antes flexibles miembros arrancados). Las hojas de un árbol sabio se rizan y acogen, y sus ramas se enroscan, provocan y murmullan. Los que se sientan a su pie intentan traducir y expresar los deseos de los árboles, su capacidad de empatía y su profunda pena por la poca visión de futuro y la tendencia destructiva de la humanidad. Los árboles nos invitan a mirar, oler y sentir el calor, el frío o la humedad, a gozar de la sensación de las burbujas de cerveza al pasar apretujadas por la garganta, chispeando y explotando en su camino hacia abajo, a interrumpir las preocupaciones del trabajo por el placer de jugar con un gato. O a apoyar el filo de tu espada en el tronco del árbol y deslizarte agradecido hasta el suelo para admirar un hongo venenoso de sombrerillo rojo.

Otoño
Pon al señor hurdy gurdy patas arriba y verás: a la chica hurdy gurdy, prima carnal de la descarada chica de salón, la trabajadora, la mujer perdida. Las chicas hurdy gurdy llevan faldas cortas y el pelo largo hasta la cintura, o en rizos gordos resbaladizos recogidos en la coronilla.

“…no tuvimos la oportunidad de agitar a las muchachas, ¡Oh!
que lindas son las chicas, las hurdy gurdy alemanas, ¡Oh!
El rato más loco que pasé jamás
Fue bailando con las hurdies, ¡Oh!”
-de una canción popular minera

Las originales chicas hurdy gurdy eran chicas jóvenes y mujeres Hessen que bailaban para atraer a los vendedores ambulantes y hacerles comprar escobas y matamoscas. Con el tiempo, empresarios estafadores hallaron una forma de sacar provecho: embaucar a jóvenes y apartarlas de sus familias para comerciar con ellas y venderlas. Finalmente, estas mujeres hurdy gurdy se marcharon a los salones de la fiebre del oro en California, donde fueron a parar a manos de “jefes hurdy”, quienes las alquilaban por un dólar el baile. Para el gran disgusto de los pastores que desde sus púlpitos recriminaban clamorosamente a estos “mercaderes del alma”, esta práctica persistió y se extendió. Los jefes mantenían a las mujeres en la dependencia y la miseria, tanto, que en casi todos los casos las mujeres tenían que ayudar a su manutención prostituyéndose, contribuyendo aún más a la reputación de moral disoluta que tenían las hurdies. Bailar con una chica hurdy-gurdy exigía una forma física considerable. Los clientes más musculosos las hacían girar hasta que sus pies no tocaban el suelo y luego las lanzaban hacia arriba.

Invierno
Querida señora Znerold, Fue maravilloso tomar un café con usted de nuevo. El café danés (¡casero!) estaba delicioso. Continuando con nuestra conversación, no puedo evitar pensar que el ornamento naturalista no está pensado, en nuestra historia, para convencer o imitar, sino que al contrario, existe como conversación, como intercambio de energía vital apremiante. Las estructuras arquitectónicas sólidas pueden ser transformadas en flores voluptuosas y relucientes árboles y, en este sentido, el ornamento modifica lo que conocemos, lo que creemos que es sólido —una pared, un soporte—, y enseguida se vuelve de goma, elástico…

Primavera
El cabello sigue creciendo, dicen, incluso después de muertos. De un día para otro, cientos de pelos se liberan del cuero cabelludo y caen, y así, otros nuevos ocupan su lugar. La trenza de Rapunzel tiene vida propia: cuando no se usa como cuerda de escalar comparte con ella el ático de la torre, como un oso-compañero. Para obtener calor en el invierno, hiberna insertada entre los rizos. Dos veces al año se lava la trenza por secciones, empapándola en agua y jabón, y luego la envuelve tiernamente en toallas y mantas absorbentes antes de bañarse ella. Cuando se le seca el pelo, pasa un día o más hablándole suavemente, cepillándolo con cariño, trenzándolo de nuevo. Acompañándola en el alféizar de la ventana, la trenza se desploma a lo largo de la pared como una anguila de acero y cuelga pesadamente. A la altura del suelo, la cola se desenmaraña y se estira, dejando hebras de pelo libres que flotan en la brisa. Al unísono, las hebras sueltas se retuercen despacio dibujando un mechón en forma de C, y luego vacilan un momento antes de colocarse en el sentido contrario a las agujas del reloj.


Traducción: Elena González Escrihuela
Fuente: Galería Soledad Lorenzo

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